Dedicado a los esfuerzos de una escritora de ficción por dejar de lado el mundo imaginario, y pasar a reportar las contradicciones reales, que por existir más allá de una imaginación hiperactiva son más significativas.

Tuesday, August 22, 2006

Una cuadra y media

Jueves por la mañana. Un cielo plomizo que promete precipitaciones intermitentes. Transeúntes malhumorados que caminan arrastrando los pise, baldosa por baldosa por baldosa.
Caminar por la calle se hace una especie de agonía inevitable, esquivando maliciosas baldosas flojas que se alimentan de zapatos recién lustrados y pantalones recién lavados. Doblar la esquina para que un apurado oficinista tenga la decencia de clavar un maletín en la rodilla, y alejarse presuroso detrás de un colectivo que arranca.
Con una serie de coloridos insultos a punto de hacer erupción, una escuela primaria se eleva en una esquina. Edificio gris de ventanas con rejas, una bandera de igual color flameando con el viento. Un poco tarde para el desfile de los mil y un guardapolvos relucientes, y aún así se llega a escuchar el infantil murmullo de conversaciones teñidas de golosinas.
Una diminuta cabeza asoma por una de las ventanas. Una mata de pelo negro y ensortijado, pudorosamente cubierta con un sombrero de cartulina que pretendía ser un emblema militar. La joven carita sonriente se dirigió al tránsito:
- ¡Somos los granaderos! ¡Somos los granaderos! – siguió repitiendo hasta que una maestra lo trajo de vuelta al aula plagada de polvo de tiza -.Patriótico jueves por la mañana. Sin recordar qué se celebra, pero teniendo la vaga noción de estar en fecha patria, el 17 de agosto transcurre con la tranquilidad que se puede esperar de un jueves. Y en la esquina, un auto que a toda velocidad salpica un agua coloreada de marrón.

Thursday, August 17, 2006

Silencios Discursivos

El otro día, mientras tomaba un café con una de mis amigas, observé un fenómeno que con anterioridad se había repetido pero que nunca se me ocurrió analizar con detenimiento: las pausas incómodas en una conversación. Con esto no quiero generalizar diciendo que toda pausa que se produzca en una conversación deba ser forzosamente incómoda, pueden existir pausas de otro tipo. En realidad, algún momento de silencio debe existir. De lo contrario sería un extenso monólogo por una de las partes para luego obtener otro monólogo como respuesta. La separación de frases no es el tipo de pausa que me propongo analizar. La pausa incómoda se puede caracterizar como aquel distanciamiento en la charla que causa que todas las partes involucradas tomen conciencia del silencio producido y se sientan obligados a romperlo, sin poder lograrlo exitosamente.
Tomemos a modo de ejemplo una conversación hipotética entre el Sujeto A y el Sujeto B en la cual ninguno de los dos guarde algún tipo de resentimiento hacia la otra parte, o algún interés romántico. Estos dos casos darían una nueva significación al silencio, lo que sería tema para otro análisis.
A y B se encuentran para tomar un café (siguiendo con la situación que suscitó la observación) en un lugar neutral que no tenga ningún tipo de respuesta emocional por parte de ninguno. La conversación progresa normalmente hasta que llega un momento en el cual ambos se encuentran con la dificultad de articular un comentario. En este momento el silencio todavía no puede ser considerado técnicamente como incómodo. Para que caiga dentro de esta categoría, tanto el sujeto A como B debe reflexionar sobre la posibilidad de que el silencio sea incómodo. Ahí es cuando el verdadero silencio incómodo comienza, ya que como una de las partes se detiene a examinar la situación, el silencio originario se prolonga hasta alcanzar una extensión que también obligue al otro a aceptar la incomodidad del silencio.
El primero que interpretó ese silencio, supongamos que fue B, siente el deber de volver a encauzar la conversación a un terreno familiar, por lo que expresa algún tipo de generalización absurda e intrascendente para reactivar la charla. En la mayoría de los casos la temática de este exabrupto suele ser el clima. Cuando esto se produce, A recibe la confirmación de que el silencio era incómodo debido al obvio intento de B por dirigir la atención a otro aspecto de la conversación. Ahora A reflexiona sobre las posibles causas que motivaron el primer silencio, causando un nuevo silencio de mayor incomodidad, creando un círculo vicioso de falta de conversación y formalidades convencionales que sirven de relleno.
El propósito del extenso ejemplo anterior es presentar una de las tantas posibilidades que generan este fenómeno discursivo. Se podrían citar otras situaciones diferentes, pero todas tienen un esencial componente: alguien analiza la composición del silencio.
Cuando en una reunión u otra situación social se produce este momentáneo detenimiento es inevitable pensar que se produce debido a algún sentimiento de desagrado por otra persona. Esta facultad de análisis fabrica una verdadera incomodidad en quién que lo piensa, transmitiéndolo por su propia reacción a los demás.
La única solución que encuentro a esta situación es plantear abiertamente la posibilidad de que ese silencio sea un silencio incómodo, obligándolo a pasar de una intangible dificultad comunicativa a un tema de conversación propiamente dicho. Así, la misma idea que detuvo el funcionamiento discursivo del grupo se convierte en el elemento que lo permite resurgir. Aunque esta alternativa puede suscitar diferentes reacciones por las otras partes de la conversación. Si ninguna de ellas había considerado esta posibilidad, entonces la persona que trajo a colación este detalle es automáticamente calificada como neurótica y/o paranoica, incapaz de funcionar en cualquier tipo de situación que requiera interacción social. Y si bien en algunos casos esta definición puede ser adecuada, en general la reflexión sobre la incomodidad de un silencio se produce porque es un fenómeno discursivo identificable, no un delirio antisocial.
Por último, quisiera aclarar que no necesariamente todas las personas tienen una propensión a estas dificultades. Aquellos que las puedan evitar considérense afortunados.

Tuesday, August 08, 2006

Moraleja para despistados

Ya sea por avenidas, callejuelas o pasajes, hay un ritual urbano que siempre se cumple. Ventana abierta, transeúntes mirones que observan. Parece ser que un marco y unas cortinas llaman con magnética atracción al desprevenido que camine por ahí, muchas veces causando que deje de caminar y se quede contemplando la mesa del comedor de la casa con ventanal.
Imaginen estar paseando cómodamente por su casa en pijama. Van hacia su cocina en busca de un vaso de leche chocolatada y se encuentran con una multitud apretujada frente a su ventana, observando casi sin pestañear. Suponiendo que cuenten con un módico sentido de pudor, se puede concluir que no les va a causar demasiada gracia.
Admito que el ejemplo anterior tiene una ligera dosis de exageración, pero la esencia del asunto sigue siendo la misma. Por más que se quiera evitarlo, al pasar frente a una ventana los ojos se desvían, como si tuvieran vida propia los muy desgraciados, logrando irritar al propietario de dicha ventana con más que justo derecho.
Algunas personas usan los vidrios de las ventanas para verificar el estado de su pelo. Otras hacen un alto para buscar ideas de decoración en casas ajenas. Y otras, de naturaleza inquisidora, no pueden con su genio y miran cuanta ventana se cruce en su camino.
Seguramente, como propietario y/o inquilino con ventanas, se estará preguntando qué es lo que puede hacer frente a semejante inconveniente.
Caminando hacia mi casa un par de días atrás di con todas las respuestas necesarias.
En un amplio ventanal oculto por pesadas cortinas se destacaba un cartel escrito con grandes trazos que decía:
- ¿Qué mirás chusma?
Puede ser que la curiosidad del transeúnte finalmente no lo haya matado. Sólo le ganó una merecida puteada.

Tuesday, August 01, 2006

Pearls Before Swine: ¡Revuélcate en tu tumba, Discovery Channel!

¿Alguna vez se preguntó que sucedería al juntar una rata megalomaníaca y un cerdo corto de luces? Por suerte, no debe hacerlo. Stephan Pastis, creador de la disparatada tira Pearls before swine le ganó de mano. Haciendo de la cotidianidad norteamericana un absurdo, esta tira retrata las desventuras de un dispar grupo de animales en medio de los suburbios.
Ocupando un puesto de honor encontramos a Rat. Tal como indica su nombre, se trata de una verdadera rata, y no únicamente en el sentido metafórico. Convencido que el mundo está formado por idiotas que merecen la muerte, Rat se autoproclamó uno de los pocos genios del mundo, incluyendo a Da Vinci y Mozart (siendo muy generoso al aceptar a este último dentro de tan exclusiva lista).
A Rat lo acompaña Pig, un cerdo torpe y sentimental. Generoso de espíritu y simple de ideas, Pig pasa gran parte de su tiempo con sus mascotas: unos muñecos vikingos que en vez de dedicarse al saqueo leen religiosamente Cosmopolitan y coleccionan margaritas.
Como si se tratara de un fracasado documental de Animal Planet, encontramos además inútiles depredadores que viven en la casa contigua a la de sus presas. Tal es el caso de la Fraternidad de Cocodrilos, ávidos cazadores cuya dieta consiste en pollo frito traído por el delivery (la curiosa similitud con la trágica historia del Coyote y el Correcaminos no pasó desapercibida).
A esta mezcolanza de especies también se le suman una Cabra intelectual, un Perro deprimido por las calamidades del mundo y un Pato paramilitar con problemas de ira. Como bonus, una pareja de focas acosada por una ballena asesina.
Si bien los animales parlantes son una fórmula segura en el terreno de las historietas, Pearls before swine no recurre a las clásicos chistes de la mascota traviesa. Nada de incómodos viajes al veterinario, ni dramas existenciales por la poca variedad del menú, y menos aún triviales rivalidades entre perros y gatos. Con una leve dosis de contenido político y unas superficiales moralejas, Pastis nos deja unos cuadros cuidadosamente cincelados sobre los problemas existenciales de la vida. Eso sí, se tratan de unas lecciones incoherentes y ridículas sólo aptas para los filósofos de lo absurdo.

Tuesday, July 25, 2006

¡A mover las cabezas!: Pánico Ramírez en vivo

Luego de atravesar un pequeño pasadizo escapado de una película de ciencia ficción, el espectador se encuentra con una amplia sala decorada con industriales tubos de calefacción que cuelgan del techo. Una hilera de cuadros se suceden, en igual tamaño y dimensiones, ocupando toda una pared y confiriéndole al local un parecido con un centro cultural. Paneles de acrílico forman una especie de tablero de ajedrez transparente, cada tanto dejando un particular mensaje con amontonadas letras (“Un beso por juego a tu prima le das vos?” indagaba uno de ellos).
Este ecléctico lugar es la peluquería Volumen 3, donde este último viernes 21 se abandonaron los ruleros y las tinturas para hacerle lugar a Pánico Ramírez.
Un heterogéneo público, entre trago y trago, esperaba que la música de fondo se esfumara y la banda pasara a ocupar su lugar como tal. A un lado del concurrido bar, una pantalla de considerable tamaño mostraba el logo de Pánico Ramírez cambiando de colores, en un vaivén cuasi psicodélico.
La banda subió al escenario. Diego (voz y guitarra) y Germán (bajo) llevaban unos sombreros que hacían recordar a las películas negras de los años ’40, y Grisel (voz y sintetizadores) llevaba un vestido a lunares que resaltaban entre las holgadas camisas del resto del grupo.
Una vez concluidos los saludos del rigor y continuando con esa atmósfera detectivesca, comenzaron a tocar “Onda?”. Sobre la pantalla se reflejaba una paralela presentación de un Pánico Ramírez atrapado dentro de una repetitiva cinta.
- La autopista, no tiene onda – cantaba Diego sobre un compás electrónico -. El rulero, no tiene onda.
El público estaba disperso por la peluquería, algunos bailando, otros saludando, y la mayoría moviendo la cabeza con un vaso en la mano. Modernas sillas metálicas soportaban el peso de unos pocos espectadores, mientras que sillones semicirculares se encargaban de albergar al resto de la concurrencia.
Inundados por distorsionadas y superpuestas imágenes de ellos mismos, Pánico Ramírez se acercaba al final de una corta presentación de cinco canciones. Entre un ida y vuelta de cabezas y mientras la bola de espejos hacía rememorar décadas ya añejas, la banda se despidió con un inusual saludo:
- Chau, chau. Cariños. Feliz cumpleaños.

Tuesday, July 18, 2006

Paciente Misterio: un ensayo con Bequadro

La sala de ensayo era una casa de cierta antigüedad acondicionada para funcionar como tal. Un estrecho pasillo daba a un también estrecho patio. Otro pasillo y finalmente la sala propiamente dicha. Recubierta de gomaespuma, y con el techo decorado de turquesa, la sala estaba equipada para resistir el batallón de decibeles provenientes de guitarras, bajos y baterías. Eficiente manera de evitar el griterío de vecinos escandalizados por la interrupción del sacrosanto horario de la siesta.
Con la tecladista ausente, Bequadro se predispone a realizar la prueba de sonido previa al ensayo. Ocupando cada uno una esquina, los altavoces resuenan con los primeros acordes de las guitarras. Nico, inmerso en una maraña de cables, hace los ajustes necesarios para que el volumen de su guitarra no haga estallar el lugar. Lucho va y viene, siguiéndole la pista a una púa prófuga. Sentado detrás de una colorida batería, Juan acomoda platillos y demás componentes de dicho instrumento.
Unos pocos minutos después, llega Rodrigo, complementando la formación del grupo.
Entre los dos guitarristas y el bajista afinan sus instrumentos; cuerda va, cuerda viene, acorde sí, acorde no. Un “la-la-la” de Rodrigo sirve para ver el volumen del micrófono. Ahora sí, listos para empezar.
Sin más preparativos se ponen a tocar “Mysteria”. La canción retumba en el pequeño cuarto, las palabras y los sonidos deslizándose por las acolchadas paredes y rebotando sobre el alfombrado.
- Hoy puedo todo, hoy quiero todo – canta Rodrigo, enfrentado a la batería -.
Los dos guitarristas acompañan con los coros, sumándose al breve estallido de notas que parecen suspendidas en el aire, diagramadas con espontaneidad, mientras la batería sigue resonando.
La segunda canción fue un instrumental, el cual, luego de unos menores ajustes técnicos, se escuchaba con la misma velocidad y el mismo entusiasmo de la canción anterior. Se distinguían los acordes eléctricos y eclécticos de la guitarra de Lucho, un sonido que parecía escaparse de la década de los 90, pero que no se terminaba de precisar esa extraña similitud.
Una breve pausa para contestar preguntas. La banda parada frente a la cocina pasando mates, viendo como la lluvia cae sobre el patio y hablando de fechas no tan lejanas y la próxima grabación de un disco.
Luego, sigue el ensayo.
Tocaron dos temas más; el primero, “Paciencia”. En medio del amontonamiento del equipo y la abundancia de estuches de guitarras, la segunda parte del ensayo continuó con el mismo entusiasmo de la primera. Una cámara apareció y, como si tuviera vida propia, comenzó a documentar el ensayo para la posteridad. Cegados por los continuos flashes, terminaron la canción y, sin poder evitarlo, los cuatro músicos adoptaron una pose rock n roll para una última foto.


http://www.purevolume.com/bequadro

La entrevista a Bequadro fue publicada en el número 128 de “La Fiera según Setro”.