Una cuadra y media
Jueves por la mañana. Un cielo plomizo que promete precipitaciones intermitentes. Transeúntes malhumorados que caminan arrastrando los pise, baldosa por baldosa por baldosa.
Caminar por la calle se hace una especie de agonía inevitable, esquivando maliciosas baldosas flojas que se alimentan de zapatos recién lustrados y pantalones recién lavados. Doblar la esquina para que un apurado oficinista tenga la decencia de clavar un maletín en la rodilla, y alejarse presuroso detrás de un colectivo que arranca.
Con una serie de coloridos insultos a punto de hacer erupción, una escuela primaria se eleva en una esquina. Edificio gris de ventanas con rejas, una bandera de igual color flameando con el viento. Un poco tarde para el desfile de los mil y un guardapolvos relucientes, y aún así se llega a escuchar el infantil murmullo de conversaciones teñidas de golosinas.
Una diminuta cabeza asoma por una de las ventanas. Una mata de pelo negro y ensortijado, pudorosamente cubierta con un sombrero de cartulina que pretendía ser un emblema militar. La joven carita sonriente se dirigió al tránsito:
- ¡Somos los granaderos! ¡Somos los granaderos! – siguió repitiendo hasta que una maestra lo trajo de vuelta al aula plagada de polvo de tiza -.Patriótico jueves por la mañana. Sin recordar qué se celebra, pero teniendo la vaga noción de estar en fecha patria, el 17 de agosto transcurre con la tranquilidad que se puede esperar de un jueves. Y en la esquina, un auto que a toda velocidad salpica un agua coloreada de marrón.




